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Señales de humo, palomas mensajeras, pregoneros en las esquinas de las calles. Cuando la comunicación necesitaba de lo físico para viajar, los caminos que recorría un mensaje eran los más creativos, tangibles e imperativos imaginables.
La materia, en la evolución de la Historia, ha sido una protagonista de la comunicación: útil no solo para los oficios, la arquitectura y el arte, sino también un verdadero instrumento social, económico y político de difusión, con un cuerpo propio y una voz clara.
Los valores que la materia ha transmitido a lo largo de los siglos reflejan la evolución de los pueblos, desde el poder jerárquico de los imperios hasta la responsabilidad ecológica de hoy.
Cambiante y ecléctica, la materia ha atravesado el tiempo cambiando de vestimenta miles y miles de veces, transformándose, ocultándose, disfrazándose.
Pero en todo aquello que habita conserva la misma promesa: declarar, sin vacilación, la verdad más auténtica.
Origen
Mármol, seda, porcelana, espejos. Rojo egipcio, azul ultramar, pan de oro. La materia ha sido, y sigue siendo, un alfabeto cromático, visual y táctil inequívoco. El significado de cada material y color siempre ha sido verdadero, claro y accesible para todos.
Los Imperios la utilizaban para decidir quién tenía derecho a la vida después de la muerte y cuál debía ser la calidad de los días eternos de quienes podían habitar el más allá. El pórfido egipcio en la Antigua Roma, el jade blanco de la dinastía Han, la obsidiana para los aztecas: materias que decretaban el paso de divinidades terrenales.
Para declarar el poder económico y político de la Serenísima, el Dux de Venecia dedicó a ello la fachada lateral de la Basílica de San Marcos: mármoles policromos procedentes de tierras lejanas daban testimonio firme de sus conquistas comerciales.
Durante el Renacimiento, colores y tejidos marcaban la frontera entre nobleza y plebe, la clara división entre quienes podían vestir seda púrpura y quienes, en cambio, debían conformarse con lana rústica de pastoreo. El azul ultramar, al provenir de tan lejos — más allá de todos los mares — declaraba la riqueza de un marido o de una futura esposa.
El significado de la materia era opulencia, poder y exceso. Definía clase y estatus: excluir a quienes no podían permitírsela era su función, su mensaje despiadado pero sincero.

La urbanización salvaje del siglo XIX provocó la migración de poblaciones rurales enteras hacia ciudades de hierro y ladrillo. Para no perder la conexión con la naturaleza, comenzaron a aparecer objetos materiales que recordaban los orígenes campesinos: macetas de terracota para el laurel y el romero, utensilios de madera, cerámicas en bruto y fibras de algodón y lino en las ventanas.
La modernidad del siglo XX transformó las formas y la intención de la materia. La revolucionaria Bauhaus alemana difundía funcionalidad, orden y limpieza a través de rascacielos de hormigón, acero y vidrio. Para toda la población, sin distinción de clase, origen o educación. La arquitectura y el diseño comunicaban, a través de la materia, los valores de una nueva sociedad ilustrada: transparencia, bienestar y democracia.
Nostalgia
La idea de que la materia pueda desvincularse de la naturaleza, replicarse infinitamente y a bajo costo, es la ambiciosa utopía que la era digital nos está dejando como herencia. Imitaciones, metamorfosis ilusorias y reproducciones virtuales son el intento de reinventar la materia mediante tecnologías de síntesis.

Al intentar dominar artificialmente la verdad, hemos transmitido — en la ingenuidad de nuestro ingenio — el mensaje global más importante de todos: no creerlo.
Privados de la consistencia, el peso y las imperfecciones de los materiales reales, hemos experimentado una especie de anestesia sensorial, encerrados en entornos infinitos desprovistos de alma y memoria.
La materia es y siempre será.
La ilusión de la que nos hemos rodeado ha despertado en nosotros una profunda nostalgia por lo verdadero, por lo auténtico. Por aquello que puede tocarse con la mano, la misma necesidad apostólica de Santo Tomás.
Para volver a creer, necesitamos el contacto.
La pureza de la materia y la necesidad de preservarla son hoy el nuevo motor creativo y revolucionario.
Responsabilidad
El mensaje que la materia ha transmitido durante milenios hoy es profundamente distinto, cuando no completamente opuesto. La urgencia ya no es exclusiva, sino todo lo contrario: inclusiva. A la arquitectura y al diseño se les exige ahora compartir valores colectivos como accesibilidad, inclusión y sostenibilidad.
El valor de una materia se mide por el grado de respeto que se le ha demostrado, una responsabilidad que tenemos como habitantes de esta Tierra.
Volver a Ella, a nuestra Tierra, redescubriendo la dignidad y la riqueza de sus recursos, es una conquista cultural. El verdadero lujo de hoy es la ética: la materia ya no necesita exhibirse, gritar ni sorprender. Solo necesita seguir prometiendo, una y otra vez, la más sincera de las verdades.
Habitar.
Futuro
Si el presente es el tiempo de la responsabilidad, el futuro será el espacio de la coherencia. Un futuro que ya ha comenzado a manifestar una necesidad de verdad radical, casi visceral. La era de los “efectos”, de los materiales sintéticos que imitan las vetas de la madera o la profundidad del mármol, está dejando paso a una nueva pureza de intención.
El diseño contemporáneo exige el regreso a lo auténtico, la exaltación desnuda y orgullosa de las características reales de la materia, aceptando su peso, su porosidad original, su forma única de envejecer y sus imperfecciones genuinas. La materia volverá a ser únicamente ella misma, portadora de una honestidad estructural que no necesita metamorfosis para reivindicar su valor.
Diseñar un espacio auténtico implica reordenar la mirada para que pueda existir un diálogo sincero entre los elementos de un lugar, una narrativa coherente y cargada de valores para los ojos — y el corazón — de quienes vivirán ese espacio cada día. La exposición From Object to Vision de Franco Perrotti en el Fuorisalone nos lo ha demostrado: el diseño es la gramática de los sentidos, capaz de transformar elementos técnicos, como los paneles de un suelo, en un territorio vivo de acogida, arte y memoria.
El compromiso más noble de la arquitectura del mañana es devolver identidad a la materia sobre la que descansan nuestros pasos. La promesa que debe mantenerse sigue siendo la misma: ser tan verdadera y sincera como para sostener, sin filtros ni máscaras, todo el peso del mañana.
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Textos de Chiara Foffano – Ilustraciones de Ariele Pirona
