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La raíz etimológica del verbo latino «producere» significa «sacar fuera, sacar a la luz».
La producción es, por tanto, una especie de nacimiento y, como toda nueva vida, encierra en sí misma un componente mágico que no puede explicarse mediante las reglas, por muy futuristas que sean, de la mecánica.
El acto mágico de transformación de la materia en producto proviene del saber de manos trabajadoras, de la responsabilidad y la pasión por su trabajo de creadores y creadoras, de artesanos y artesanas que sacan a la luz algo que aún no existe.
Algo que, tras el merecido descanso de la noche, huele a cola y a polvos y pone en marcha el día más que el café: marca su ritmo dándonos la seguridad de estar en el lugar adecuado.
Quien conoce este olor le da un significado diferente a la palabra trabajo: el pacto, íntimo y secreto, entre quien construye y quien elige un producto.
Entre el decir y el hacer
Todo, antes de ser, tiene su origen primordial: la idea, el punto cero desde el que partir para crear. Para que adquiera forma y cuerpo —y, por tanto, se convierta en producto al salir a la luz—, se necesita un «mar».
Tal y como dice el refrán: entre el decir y el hacer hay todo un mar de por medio, y quizá más. A menudo, la inmensidad que se necesita para traducir en objetos tangibles las ideas expresadas solo con palabras coincide con toda la experiencia, laboral y personal, de las personas.
La historia de un panel es un proceso industrial que no tendría vida ni cuerpo si no fuera por el mar que es el ser humano con su obstinada laboriosidad. En cada fase de la elaboración, desde la llegada de las materias primas hasta el almacenamiento y la entrega, hay un componente que no puede ser sustituido por ningún software: la presencia, la sabiduría y la maestría de las personas.
El funcionamiento de una industria de producción se describe a menudo en datos y el espacio concedido a términos como «Responsabilidad» y «Calidad» no siempre está impregnado del concepto de participación. El producto se percibe en su simplicidad de objeto cuantificable y la intervención humana más como un riesgo que hay que evitar que como un talento del que beneficiarse.
Las cifras solo adquieren valor cuando se unen a la experiencia de quienes trabajan; la eficiencia tecnológica es solo la mitad del trabajo. La otra mitad recae en la competencia compartida entre los departamentos. Es esta colaboración continua entre personas y entre máquinas y personas la que transforma la suma de paneles individuales en la instalación de un suelo acabado.
El sentido profundo de aquello en lo que se participa es el mismo que permite a un artesano ennoblecer una producción en serie hasta convertirla en algo irrepetible, gracias a su contribución personal. Esto es la Responsabilidad, esto es la Calidad.
El talento
La idea generalizada de que el talento no es necesario en los contextos productivos, de que basta con seguir un proceso, replicar un gesto para lograr la eficiencia, es un prejuicio limitante.
El talento es democrático, se presenta en todas partes, cuando menos se espera. Como un invitado inesperado en la cena de Navidad al que, sin embargo, se le hace un hueco con gusto en la mesa. El talento no es exclusivo de quien tiene un cargo, ni accesorio de quien no lo tiene. El talento no sirve a nadie, el talento, simplemente, es.
Se manifiesta en la sencillez de —como ya se ha mencionado— hacer, en contribuir, en proponer, en mejorar lo que ya existe y, obviamente, en crear algo que aún no tiene forma.
Nuestro talento se cultiva aprendiendo (y equivocándose) y se amplifica en el intercambio diario y en la transmisión de la experiencia. Formarse significa afinar la capacidad de «leer» la materia y de confiar en la propia intuición, y en la intuición del equipo. Cada innovación del proceso puede surgir en cualquier lugar y de cualquier persona; a menudo es solo una primera intuición o un paso en falso que hay que mejorar.
La satisfacción, tangible y serena, de ver cómo un panel cobra vida ante nuestros ojos es el prestigio de la obra, el orgullo de quien sabe que esa pieza encierra un valor añadido que ninguna tecnología podría replicar por sí sola.

Los gestos que encierran la inteligencia del talento, las observaciones geniales que se convertirán en un mundo nuevo, están ampliamente repartidos entre nosotros, que no siempre tenemos la prontitud (el tiempo, el cuidado) para reconocerlos.
Sin embargo, cuando le damos una oportunidad a esta inteligencia colectiva, ¡cuánta magia se produce!
Bajo los pies
Hay un noble paradoja en la fabricación de suelos: toda la atención, tanto artesanal como industrial, se dedica a algo que, por su propia naturaleza, está destinado a estar bajo los pies.
El cuidado de la producción de Nesite reside en ser un apoyo y un sustento dignos de orgullo. Encuentros decisivos, esperas dolorosas o felizmente inesperadas se sostienen aquí: construimos el escenario de los días ajenos, una misión cuyo valor se expresa en el tiempo, la estabilidad y la durabilidad, que hacen posible cada paso.
Caminar es un acto de confianza, lo aprendimos pronto. Pero poder hacerlo con la espalda recta, eso es otra historia.

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Textos de Chiara Foffano – Ilustraciones deAriele Pirona
